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Pablo Neruda viaja a La Habana en la memoria de un amigo argentino

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por Jesús Adonis Martínez-PL    

Pablo Neruda, poeta marino, desembarcó en La Habana gracias a la memoria de su amigo el escritor, periodista y editor argentino Roberto Alifano, invitado a la edición 21 de la Feria Internacional del Libro Cuba 2012.

Alifano (1943) develó aquí a un Neruda devoto de la literatura policial y del cine mudo: un hombre contradictorio y lúcido que amó por igual a Chaplin y a Keaton; alguien -imagino yo- que solía perderse en la costa gris de Isla Negra (Chile) para desenredar a solas, por enésima vez, alguna embrollada trama de Conan Doyle o Hammet.

El conferencista -entre la piedra antigua de la fortaleza de la Cabaña, que custodia la entrada a la bahía habanera- no dio demasiados detalles; al principio dijo hasta alguna obviedad: que el chileno era uno de los grandes de la lengua española del siglo XX y que jamás cayó en el discurso panfletario, pese a haber militado en el partido comunista de su país.

Aseguró que siempre fue un hombre amable y de gran humor: un amigo; aunque establecía casi naturalmente una relación de maestro-discípulo con quienes lo rodeaban.

También era un poco rencoroso, admitió el rioplatense, quien despidió en Chile los restos del autor de las Odas elementales (1954) y, por esa lealtad, se encontró de bruces con una mazmorra del régimen dictatorial de Pinochet.

Cuando comenzó a leer algunos versos, yo recordé enseguida cierta grabación de la voz lenta de aquel anciano venerable, de nariz ganchuda y gorra eterna: "cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega".

En realidad, escuchaba ese adiós indestructible que es Farewell (Crepusculario, 1923): "Desde el fondo de ti, y arrodillado,/ un niño triste, como yo nos mira" y, después, "Amo el amor de los marineros/ que besan y se van".

¿Cómo pudo escribir tal cosa alguien de 17 o 18 años de edad?, inquirió retóricamente el escritor nacido en la provincia de Buenos Aires.

Sin embargo, dijo: mis poemas preferidos del Premio Nóbel (1971) son los de las Residencias en la tierra I y II (1933 y 1935); entonces fui yo quien se preguntó: ¿cómo pudo escribir esos versos alguien de cualquier edad?

Neruda coleccionaba mascarones de proa -contó su antiguo compañero- y se "inventó un mundo maravilloso", donde, por ejemplo, la madera de su escritorio había venido del mar, como un pecio, a recalar frente a su casa.

Hubiera preferido no escuchar al poeta argentino cuando desmintió sonriente aquella historia: la madera había llegado desde un aserrío de Valparaíso, le confesó en alguna ocasión el propio secretario personal Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (1904-1973).

Pero todo quedó perdonado cuando, pausadamente, como sin querer, Alifano afirmó a un auditorio atónito que el antagonismo de Neruda y Jorge Luis Borges (1899-1986) -Âícon quien también colaboró!- era "supuesto" pues, en realidad, existía una admiración "mutua".

Ambos autores sostuvieron en los años 20 del pasado siglo una relación epistolar e intercambiaron versos: Borges publicó y comentó un poema de Neruda en la revista Proa y este reseñó Fervor de Buenos Aires (1923) para los lectores de Claridad, reveló Alifano.

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